|
Resistencia-Chaco-Argentina-REPORTE24
1.LA COLONIZACIÓN CULTURAL: La dictadura cívico militar del 76, primero, y luego la de mercado de los 90, impusieron sus modelos neoliberales, porque nos derrotaron culturalmente. Porque triunfaron políticamente los principios y modos de vida que a través del terrorismo de estado y la cultura del miedo, en el período 76-83, y después, en la larga década infame de los 90, la del individualismo masificador, asocial y apolítico a ultranza -culto excelso a lo privado en desmedro de lo público-, fueron –y todavía lo siguen siendo- las condiciones de posibilidad para que los verdaderos vencedores de esas dictaduras,
el poder real en la Argentina, los sectores dominantes, económico-financieros, las entidades de los mega agronegocios, cámaras empresariales y los dueños de los grandes medios, nos hayan hecho pasar –y vaya si lo siguen haciendo-, sus intereses y sentido común de clase como los intereses de la patria, de las grandes mayorías, puesto que su sentido común constituyó –y todavía constituye- buena parte del sentido común de los argentinos. A eso se llamó y llamamos hoy pensamiento único o imaginario cultural del oprimido. Porque lo que Arturo Jauretche denominara “superestructura cultural de dominación” hoy se halla concentrado y encarnado en la voz monocorde-monolítica de los grandes medios, cuyo alcance domina más del 85 por ciento de lo que vemos, escuchamos y leemos, y su poder nos construye desde la realidad hasta el lenguaje para verbalizarla, desde la agenda de preocupaciones públicas hasta las ilusiones sociales. Porque cuando la opresión es invisibilizada no existe conciencia de la opresión y sin ésta, la pobreza y la exclusión, son naturalizadas como paisajes inevitables, desiertos a los que se puede regar de vez en cuanto con el derrame de lo que en otros lados sobra. Porque si no hay esa conciencia, hay resignación, y sobre todo, no hay el DESEO FERVIENTE, MILITANTE, EL HAMBRE Y LA SED DE JUSTICIA SOCIAL PARA COMPRENDER NUESTRA REALIDAD PORQUE QUEREMOS INTERVENIR Y TRANSFORMARLA PARA QUE LA RIQUEZA SEA SUSTANTIVAMENTE REDISTRIBUIDA EN BENEFICIO DE NUESTRO PUEBLO. Genocidio sí, pero también Culturicidio. Esa es la palabra, el neologismo al que acudí para explicar qué hicieron de y con nosotros las dictadura cívico-militar y la de mercado. Culturicidio: Delito contra el derecho de gentes consistente en la aniquilación intencional de las creaciones, objetos y valores culturales, patrimonio de un pueblo, indispensables para la constitución de sus subjetividades, de su identidad nacional, con el propósito de transformar a los sujetos sociales en seres diametralmente diferentes, individuos despolitizados, temerosos, aislados de lo colectivo, disciplinados según los intereses del sector dominante. Pensar y vivir en contra de nuestros propios intereses y derechos, en contra de los intereses de nuestra nación y de los derechos de las grandes mayorías populares, esa fue la gran batalla cultural ganada por la oligarquía nativa. A eso llamaban COLONIZACIÓN SCALABRINI ORTIZ, JAURETCHE, ABELARDO RAMOS, HERNÁNDEZ ARREGHI, PUIGGRÓS Y RODOLFO WALSH. SU RESULTADO ES EL ANALFABETISMO POLÍTICO. “El peor de los analfabetos es el analfabeto político”, escribe Bertold Brecht. Eso han hecho de nosotros. Porque un analfabeto político no es un ciudadano, por definición el hombre político, el que se preocupa de los problemas públicos. Hoy cuando el bastardeo de la palabra equipara política con política partidaria, es bueno recordar que los griegos llamaban idiota a aquel que no era un ciudadano. Por eso todo proyecto cultural democrático y popular debe concebirse, antes que nada, como PROYECTO DE DESCOLONIZACIÓN CULTURAL. 2. RECONSTRUIR EL TEJIDO SOCIAL DESDE UN PROYECTO CULTURAL EMANCIPATORIO: La cultura del miedo, impuesta por el terrorismo de estado, endemonizó las asambleas y reuniones políticas, las expresiones y manifestaciones sociales en los barrios, la militancia política y social. La asoció con lo “oscuro”, “turbio”, “muy peligroso”, “ardid para manipular a la gente como idiota útil”. En lo público, en una asamblea, por ejemplo, se podía encontrar violencia y muerte. La sospecha se instauró como método de la mirada hacia el otro, el vecino, el compañero de trabajo, el profesor o maestro, todos podían ser subversivos, nos decían hasta el cansancio las voces y letras de la dictadura. Los que ayer estaban con vos, podían desaparecer, en tu casa, en tu barrio, en la fábrica, escuela o universidad en la que estudiabas, enseñabas, trabajabas o militabas. La fábrica en la que hasta ayer trabajabas podía cerrar o despedirte. Su consecuencia social más grave fue la destrucción del tejido social y con ello, de la cultura de la solidaridad, el trabajo, el cooperativismo y de la ética del sujeto social protagonista de la historia. Los sobrevivientes, para sobrevivir, se refugiaron en sus casas, en la familia, en “el silencio es salud”, en el horizonte de vida individual, en la resignación de conservar lo poco que no les iban a saquear. Los 90 como cultura del fin de la historia y de la muerte de las ideologías y las utopías, del credo del zafar y tranzar, del “hacé la tuya”, de la culpabilización del estado como responsable exclusivo de todos los males del subdesarrollo nacional, del endiosamiento de lo privado y de las privatizaciones, del desguace sistemático del estado y sus patrimonios y recursos esenciales, del fin de los cultivos sociales para invadirnos de soja, del cierre de industrias, fábricas y librerías, para abrir nuevas financieras, shopping y gimnasios, profundizó el culto de lo individual, del cuerpo y de lo mediático y del desprecio por el conocimiento. En la política, el militante fue reemplazado por el operador y el clientelismo político se expandió como cáncer sobre los territorios, haciendo muy difícil la tarea de reconstrucción del tejido social desecho desde una cultura del trabajo colectivo y solidario. Ahora bien, en diciembre de 2001 el paradigma neoliberal se resquebraja y el país casi estalla en mil pedazos para exhibir con llagas y pústulas el cuerpo y corazón reales de la Argentina escondida tras la máscara noventista. Y desde el 25 de mayo de 2003 se empezó a recorrer otra clase de camino. Es cierto, como también lo es que desde la gestión del Dr. José Pepe Nun, al frente de la Secretaría de Cultura de la Nación, se reformuló conceptualmente la definición de cultura, al afirmar en el Primer Congreso de Cultura, realizado en Mar del Plata, en el 2006, que “no es solamente las Bellas Artes, sino también, y sobre todo, nuestros modos de vivir comunitarios”. Pero no es menos cierto, lo mucho que nos queda por recorrer, las grandes asignaturas pendientes, en primerísimo lugar, la sanción de una Ley Federal de Cultura que defina un proyecto cultural emancipatorio, de descolonización cultural, de independencia, de cara a nuestros próximos bicentenarios, porque sin dicho proyecto, cualquier definición acerca de qué clase de nación y estado estamos construyendo será incompleta y en la práctica ineficaz para la formación de la conciencia nacional, en términos de Juan José Hernández Arreghi. ¿Y en el Chaco? Nosotros partimos, antes de asumir la gestión de la Subsecretaría de Cultura de la experiencia acumulada por la tradición de excelentes promotores culturales y del concepto que ellos tenían de promoción cultural. Porque desde los 60 mujeres y hombres como Elba Taca Alonso, Gladis Gómez, Chichín Obal, Póen Alarcón, Néstor Pedemonte, Carlos Schwaderer, Carlos Canto, Raúl Bittel (hijo), Bosquín Ortega y tantos otros, recorrieron nuestra provincia, dialogando y promoviendo con los hacedores culturales y referentes sociales comunitarios el desarrollo y crecimiento cultural de cada una de las localidades. Y así surgieron talleres que abordaron los distintos lenguajes artísticos, escuelas municipales de folclore y las salas de teatro independientes que atraviesan la geografía provincial. Nosotros creamos una Dirección de Promoción Cultural que hoy cuenta con 16 personas. Su campo de trabajo son las 8 microrregiones, el territorio, los barrios. Su propósito central: identificar las necesidades y demandas culturales, los hacedores culturales, los gestores y referentes comunitarios que asumen o pueden asumir el trabajar con el pueblo y sus organizaciones –y no para-, porque no se trata de “llevar cultura a los barrios”, sino de tener la convicción y voluntad política de reconocer en el otro, el diferente, la parte de verdad, de cultura que no conocemos y necesitamos descubrir para completar el rompecabezas de esta realidad cada vez más compleja que es el Chaco, la Argentina, Latinoamérica y el mundo. Porque sólo si buscamos con hambre y sed de conocimiento las realidades culturales de este Chaco tan basto y diverso, podremos comprenderlo y contribuir, como militantes culturales, a su intervención y transformación en todo aquello que hoy nos oprime y coarta. 53 audiencias públicas y un recorrido amplísimo de nuestros promotores culturales por toda la provincia, dan como resultado 133 talleres culturales anuales (de teatro, artesanías, de música, de danza folclórica, de artes visuales, de artes audiovisuales, de lectura, de escritura literaria, de periodismo radial comunitario), distribuidos desde el Gran Resistencia hasta Taco Pozo y el Impenetrable, para niños y adolescentes y jóvenes y adultos, que en las Casas del Sol, en Hogares de menores, en barrios carenciados, en escuelas, centros culturales comunitarios, en clubes, en bibliotecas populares y en las cárceles del Chaco, acceden a la cultura porque ahora es concebida como DERECHO SOCIAL INALIENABLE Y PORQUE AHORA EL ESTADO CHAQUEÑO ES SU GARANTE INDELEGABLE. PORQUE HOY TENEMOS PROMULGADA UNA LEY PROVINCIAL DE CULTURA, LA Nº 6255/08, QUE ASÍ LO ESTABLECE. PORQUE LA SUPIMOS CONCEBIR Y CONSEGUIR DESDE EL DIÁLOGO Y LA PLENA PARTICIPACIÓN COMUNITARIA. Falta mucho para alcanzar la meta anhelada, pero ya tenemos el instrumento y sobre todo, el por qué, para quiénes y con quiénes construir el proyecto de descolonización cultural en el Chaco. Ese es el sentido que le asignamos a la promoción cultural como POLÍTICA DE ESTADO PARA LA INCLUSIÓN SOCIAL CIUDADANA. Aprendamos a leernos, “Yah ‘ yin a nayij”, en wichí, nos dice Lecko Zamora, escritor, poeta y periodista, porque lectura para los wichí, en una de sus acepciones, significa mirar profundo. Eso necesitamos para comprender de dónde venimos, quiénes somos y hacia dónde vamos, para recuperar la memoria colectiva, nuestras identidades y principales desafíos culturales. |