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jueves, 11 de diciembre de 2008 |
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Por: Bosquín Ortega
Nació para sucedernos. Estaba predestinado para nosotros, sin que importara el sitio del nacer. Entonces decidimos nacerlo y hacerlo, a imagen y semejanza de nosotros. Tan propio, como de todos; unánime, abierto y posible.
Fluyente eternidad, canta y se funda: nos destina. Su voz hipnotiza el tiempo y se convierte en asunto de misterio. Criatura de luz sonora, su garganta es un diapasón que registra el temblor de la especie, el teatro tenso y terso que aloja un trance, el cordaje de un instinto, el acento de un llamado. Gardel se vertebra en su don de canto y se consuma en su gen de ritmo, se "aparece" en la síncopa de su gracia y se encarna en su emoción, cromosoma de su influjo incesante. El mismo Gardel, que sin conocer partitura, componía sus canciones con un sistema de puntilleo telegráfico, sobre el texto de la letras; y que despertaba, en medio de la noche, a doña María Bertha para que escuchara la naciente melodía: el veredicto de su madre dictaminaba el destino de la canción en su repertorio. La pieza humilde de un conventillo del Abasto, era el universo del prodigio. Desde allí y a perpetuo designio, Carlos nos hace suyos, asemejándonos. Cuando sonríe, nos imanta el alma. |