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El alegato de autodefensa de Fidel Castro fue pronunciado en una pequeña sala de la Escuela de Enfermeras del Hospital Civil de Santiago de Cuba, que concluyó con las siguientes palabras: ''en cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no la ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos mios. Condenadme, no importa, La historia me absolverá''.
TeleSUR _ Hace: 1 dia Hace 55 años, el 16 de octubre de 1953, el líder cubano Fidel Castro pronuncia su autodefensa conocida como "La historia me absolverá".
Un discurso improvisado ante el juicio que iniciaron en su contra por los asaltos a los cuarteles Moncada y Carlos Manuel de Céspedes, en Santiago de Cuba y Bayamo respectivamente, sucedidos el 26 de julio del año anterior.
El alegato de autodefensa de Fidel Castro fue pronunciado en una pequeña sala de la Escuela de Enfermeras del Hospital Civil de Santiago de Cuba, que concluyó con las siguientes palabras:
"En cuanto a mí, sé que la cárcel será dura como no la ha sido nunca para nadie, preñada de amenazas, de ruin y cobarde ensañamiento, pero no la temo, como no temo la furia del tirano miserable que arrancó la vida a setenta hermanos mios. Condenadme, no importa, La historia me absolverá".
En el documento Fidel Castro señala lo que considera los males de la Cuba de entonces, resumidos en cinco problemas fundamentales: la situación de la salud, de la educación, de la viviendas cubanas, desempleo y la situación de las empresas cubanas que pertenecían en su mayoría a multinacionales estadounidenses.
La Historia me absolverá se convirtió en el vehículo más efectivo para lograr reagrupar a aquellos jóvenes comprometidos en la organización del movimiento revolucionario, históricamente conocido como de La Generación del Centenario, que no pudieron participar en los asaltos a los cuarteles Carlos Manuel de Céspedes, de Bayamo, y Moncada, de Santiago de Cuba y logró sumar adeptos para la causa revolucionaria.
Su propia edición y distribución clandestina coadyuvó a ello decisivamente.
El discurso fue pronunciado en el período más crucial para los revolucionarios y en particular para Fidel, que entonces cumplía su condena en el Presidio Modelo de Isla de Pinos.
El énfasis en la confianza que tuvo Fidel en su pueblo, fue expresado en el discurso. El autor se sintió ofendido, por el hecho de que los medios de comunicación divulgaron que el pueblo no secundó el movimiento:
"Nunca había oído una afirmación tan ingenua, y, al propio tiempo, tan llena de mala fe. Pretenden evidenciar con ello la sumisión y cobardía del pueblo; poco falta para que digan que respalda a la dictadura, y no saben cuánto ofenden con ello a los bravos orientales".
En su alegato de autodefensa Fidel comienza diciendo que "nunca un abogado ha tenido que ejercer su oficio en tan difíciles condiciones: nunca contra un acusado se había cometido tal cúmulo de abrumadoras irregularidades. Uno y otro, son en este caso la misma persona. Como abogado, no ha podido ni tan siquiera ver el sumario y, como acusado, hace hoy setenta y seis días que está encerrado en una celda solitaria, total y absolutamente incomunicado, por encima de todas las prescripciones humanas y legales".
El líder cubano no pidió su libertad alegando que "no puedo pedirla cuando mis compañeros están sufriendo ya en Isla de Pinos ignominiosa prisión. Enviadme junto a ellos a compartir su suerte, es inconcebible que los hombres honrados estén muertos o presos en una república donde está de presidente un criminal y un ladrón".
El asalto a los cuarteles
Un grupo de jóvenes encabezados por Fidel Castro atacó los cuarteles Moncada, en Santiago de Cuba y el de la ciudad de Bayamo.
El ataque al Moncada, aunque fue un fracaso militar, representó el inicio de la revolución cubana, que triunfó el 1 de enero de 1959, tras la fuga al extranjero del gobernante Fulgencio Batista.
Batista había sido acusado por Fidel Castro y sus compañeros de usurpar el poder en 1952 y no respetar la Constitución democrática de 1940.
En la acción intervendrían los grupos de Plaza de Vapor (dirigido por Antonio López Fernández), Santo Ángel (Raúl Martínez Arará), Coco Solo (Hugo Camejo Valdés) y Palma Soriano (Pedro Celestino Aguilera), quienes llegaron a Bayamo el 25 de julio.
Ese día, en horas de la noche, Fidel visitó el Gran Casino Hospedaje, alquilado por Renato Guitart, donde se alojarían los combatientes. Allí sincronizó su reloj con el de Raúl Martínez Arará para que no existiera diferencia en el horario de ambas acciones, se informó de la situación general y dio las últimas orientaciones.
En la reunión estaban presentes Raúl Martínez Arará, Orlando Castro, Gerardo Pérez-Puelles, Ñico López y Ramiro Sánchez.
Después Fidel abandonó el local con rumbo a Santiago de Cuba. Todo estaba listo para la entrada del resto de los compañeros, quienes se encontraban haciendo tiempo en diversos sitios de la ciudad y al llegar fueron distribuidos por cuartos.
Pasadas las 11:00 pm, Raúl Martínez Arará repartió las armas y uniformes, y los exhortó a descansar. Algunos lo hicieron, para otros fue imposible.
Alrededor de las 4:00 am les muestra un plano y fotografías del cuartel, y les explica los pormenores del plan de asalto.
El ataque se produjo a la 5:15 am, protagonizada por 25 jóvenes dirigidos por Raúl Martínez Arará.
El plan inicial consistía en la toma de la posta principal. Para esto Raúl Martínez Arará vestido con el uniforme de la guardia rural y acompañado de Elio Rosette, joven bayamés comprometido con los hechos y quien tenía relaciones en el cuartel, con el pretexto de que venía del carnaval de Santiago, lograría la autorización para pernoctar en el cuartel.
Después, Martínez Arará aprovechando un descuido, desarmaría la posta y facilitaría la entrada a otros compañeros. Mientras esto ocurría por el frente, otro grupo se acercaría por el fondo para acceder por una puerta que se suponía abierta.
El joven que debía acompañar a Raúl Martínez pidió permiso en la tarde del 25 para ir a su casa y no regresó, lo que obligó a variar el plan y se decidió atacar entonces de manera sorpresiva por el frente, el fondo y uno de los ángulos posteriores de la instalación.
Un grupo comandado por Raúl Martínez Arará entraría por el frente y otro, junto a Mario Martínez, por la parte trasera de la caballeriza.
La tropa de Raúl Martínez Arará no pudo franquear la entrada como se previó porque los guardias estaban con las puertas abiertas paseándose por fuera y decidieron ir también por el fondo.
El plano confeccionado por Renato Guitart mostraba una cerca de alambre de púas, donde había una puerta sin candado que permanecía cerrada y por la cual penetrarían. Pero al llegar encontraron dos cercas y la puerta con candado.
Entonces caminaron entre latas y palos e hicieron ruidos que provocaron el corre-corre de los caballos y relinchos en el silencio de la madrugada.
El guardia apostado en la garita del fondo dio la voz de alto, uno de los asaltantes disparó sin autorización y comenzó el tiroteo que duró entre 15 y 20 minutos.
Gerardo Pérez-Puelles recibe un tiro en una pierna y, como había que saltar la cerca y el tiroteo era tan intenso, se percatan de que no podían continuar. Entonces Raúl Martínez Arará ordena la retirada. Falló el factor sorpresa.
Los asaltantes se dispersan por diversos rumbos sin apoderarse del reducto.
Los caídos
En Bayamo no cayó ninguno de los participantes. Sin embargo, por la represión del ejército, 10 fueron ultimados. Otros con la colaboración de los bayameses pudieron salvar sus vidas.
En la mañana del propio 26 fueron asesinados en áreas del cuartel los combatientes José Testa Zaragoza y Mario Martínez Arará.
Al día siguiente aparecen muertos en la finca Ceja de Limones: Pablo Agüero Guedes, Luciano González Camejo, Lázaro Hernández Arroyo y Rafael Freyre Torres; y en el camino del central Sofía, a unos 400 metros de la carretera de Bayamo a Manzanillo, Pedro Véliz Hernández y Hugo Camejo Valdés.
Los cadáveres de Ángel Guerra Díaz y Rolando San Román de la Llana aparecieron en Santiago de Cuba, desconociéndose cómo llegaron allí.
Aquella mañana de la Santa Ana conoció del valor de los jóvenes de la Generación del Centenario quienes, con armas de poco calibre, se enfrentaron a un poderoso ejército.
Se abría una nueva etapa de lucha revolucionaria. Comenzaba a brillar la aurora inspiradora del desembarco del Granma, la lucha en la Sierra Maestra y el llano. Cuba estaba en el umbral de la libertad.  |