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Por Graciela Iglesias (x) Miles de trabajadores de los sectores energético y de la construcción participan desde el viernes pasado en lo que se conoce aquí como wildcat strikes (huelgas salvajes), por su carácter espontáneo y potencialmente violento, para protestar contra la contratación de trabajadores extranjeros, en el marco de la recesión que afecta a Gran Bretaña. Pero los trabajadores en huelga no se oponen a la contratación de paquistaníes o latinoamericanos, sino a la de italianos y portugueses, en una protesta que amenaza con desestabilizar el mercado laboral de la Unión Europea (UE).
Además, la distribución de combustible ha quedado paralizada en media docena de refinerías petroleras del país, lo que amenaza con provocar una pronunciada escasez de combustible en medio del invierno más frío registrado en 13 años. El brote de ira estalló por la noticia de que la constructora italiana IREM SpA decidió traer a obreros italianos y portugueses para trabajar en un proyecto de 280 millones de dólares en la refinería Lindsey, de la empresa francesa Total, ubicada en Lincolnshire, en el noroeste de Inglaterra. En solidaridad, más de 700 empleados están ahora apostados frente a la entrada de la refinería Grangemouth, en Escocia; otros 400 en la planta de Wilton, operada por la empresa suiza Petroplus AG en el norte de Inglaterra; más de un centenar en las instalaciones de Aberthaw, en Gales y de Staythorpe, en Nottinghamshire, así como en la planta de electricidad de la isla de Grain, en Kent. Hubo también manifestaciones en la planta de Kilroot en Carrickfergus, Irlanda del Norte. Ayer, 900 trabajadores de la planta de energía nuclear de Sellafield abandonaron sus puestos de trabajo, lo cual forzó la clausura temporal del establecimiento. Las protestas se realizan en el marco de un creciente nivel de desempleo, hoy del 6,1%, y de una dura recesión. Desde el punto de vista político, constituyen un duro revés para el primer ministro, Gordon Brown, quien asumió el poder en 2007 con la promesa de dar "empleos británicos para los británicos". Pese a que dijo comprender la preocupación de los manifestantes, Brown calificó las huelgas de "indefendibles" y "contraproducentes". "Entiendo que pregunten por qué ellos no pueden hacer los trabajos para los que están calificados en su propio país. Pero éstas son las reglas del libre mercado laboral en la UE y tenemos que estar preparados para poder competir con nuestros socios europeos", indicó. "Sería un gran error aplicar políticas proteccionistas, porque más de 300.000 firmas británicas operan en Europa con empleados británicos y seguramente no queremos que nuestros vecinos europeos despidan a nuestros compatriotas", dijo, por su parte, lord Peter Mandelson, actual ministro de la Empresa y hombre clave del gobierno. Frente a sus camaradas congregados en la planta de Lindsey, Kenny Ward, secretario general del sindicato de la construcción Unite, pronunció ayer una arenga que pareció un grito de guerra. "La lucha comenzó aquí: una lucha contra la discriminación, contra la victimización y para poder poner pan en sus mesas. Brown dijo que esto es indefendible. Si el premier no defiende a los trabajadores, entonces tendrán que ser los sindicatos quienes salgan a hacerlo", advirtió. La última vez que los sindicatos se opusieron con semejante ira a un gobierno laborista fue durante otro crudo invierno -el denominado "invierno del descontento", de 1978-1979-, que condujo a la caída del gobierno de James Callaghan. La situación británica preocupa seriamente al resto de Europa, ya que podría incitar a protestas similares y poner en tela de juicio uno de los principios de la UE: el libre tránsito de trabajadores. Alarmada por esta situación, la Comisión Europea (CE) advirtió ayer contra la tentación de volver al proteccionismo económico como salida de la crisis. "Las evidencias de crisis pasadas muestran que el momento en que se entra en la espiral del cierre de fronteras, todos somos más pobres y habrá más desempleo", señaló el vocero de la CE, Johannes Laitenberger. El conflicto, por otro lado, ha servido para poner en evidencia una grave deficiencia en el proceso de armonización europea, ya que subraya las enormes discrepancias salariales dentro de la UE. Un trabajador de la construcción británico, por ejemplo, gana un salario promedio mensual de 3000 dólares; un colega francés, 2050; un italiano, 1900, y un portugués, 859 dólares. De allí la ventaja de "importar" trabajadores italianos y portugueses en Gran Bretaña. Esta crisis intraeuropea tomó de sorpresa a los legisladores europeos quienes, si bien habían previsto conflictos de carácter xenófobo promovidos por la recesión, lo habían hecho con la mira puesta en los trabajadores provenientes de fuera de la UE. (x) Desde Londres, Inglaterra, Reino Unido. |