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Barack Obama sin escalas Imprimir E-mail
viernes, 04 de febrero de 2011
Barack Obama sin escalasPor Alejandro Horowicz, periodista
“Es la tierra más opulenta y más espléndida que hay en el mundo: una tierra donde los sabios son sólo un poco más sabios que los estúpidos; una tierra donde los gobernantes tienen la inteligencia de un niño pequeño y los legisladores creen en Santa Claus.”

Francis Scott Fizgerald, Hermosos y malditos.

Las relaciones bilaterales entre Estados Unidos y la Argentina, mas allá de la gira sudamericana de Barack Obama, nunca fueron sencillas. A comienzos del siglo XIX, mientras los herederos de Liniers y Saavedra habitaban El Fuerte, las cosas discurrieron con alguna placidez. Si bien los gobiernos norteamericanos no se comprometieron directamente con la independencia, reconocieron la legalidad de la patente de corso del capitán Hipólito Bouchard. Es decir, le permitieron vender su carga sin mayores inconvenientes, pese a las protestas furibundas del embajador de Fernando VII, y utilizar los fondos para adquirir armas. No era poca cosa, marcaba una tendencia: facilitar la política que el presidente Monroe explicitaría: América para los americanos. Para Estados Unidos, la injerencia colonial europea en el continente era incompatible con su existencia nacional.
Desde la conformación de la Argentina moderna, desde la federalización de Buenos Aires, las cosas comenzaron a cambiar. Para el bloque de clases dominantes de la Argentina, la alianza estratégica con Gran Bretaña implicaba una suerte de antinorteamericanismo profesional. Como se trataba de comprar a quien nos comprara –esto es, a Gran Bretaña–, poco importara que los precios no fueran los mejores ni las condiciones las más convenientes; como las economías norteamericana y argentina no resultaban complementarias (exportaban productos agrarios ambas; la Argentina exclusivamente; los Estados Unidos, como parte de su mix industrial), la estrategia de la diplomacia norteamericana sufría los sistemáticos ataques de los cancilleres de la oligarquía vacuna. La competencia comercial marcaba la tónica, y en esa época, ser pronorteamericano resultaba poco menos que impensable, ya el bloque dominante estaba completamente sometido al dictat británico.
La crisis del 30 impuso una reformulación de ese paradigma diplomático. No sin resistencias, claro. ¿La razón? Esperaban que concluida la crisis capitalista del 30 todo volviera a fojas cero. No trataron de modificar la escandalosa dependencia argentina de la economía británica, y el pacto Roca Runciman, 1º de mayo de 1933, redobló la apuesta: conservar intocado el orden vacuno. El estallido de la Segunda Guerra Mundial cambiaría definitivamente las cosas.
El que comprende la magnitud del cambio es Federico Pinedo. Antes que los Estados Unidos entraran en la guerra, Pinedo prevé cinco cosas: primera, Estados Unidos va a ingresar a la guerra, aunque Franklin Delano Roosevelt dijera por entonces lo contrario; segunda, su ingreso debía desbalancear definitivamente el resultado de la batalla contra Alemania; tercera, la victoria aliada sería sobre todo victoria norteamericana y retroceso británico; cuarta, esta nueva situación internacional abría para la industria nacional una excepcional posibilidad de crecimiento; y quinta, para aprovechar esta posibilidad debía construirse un acuerdo supranacional con Brasil, ya que sólo de ese modo la industria arrancaría con la adecuada escala de mercado. Por tanto, el programa económico del establishment debía reconstruirse a partir de esta nueva evaluación de la situación internacional.
El coronel Perón, y el resto de las fuerzas políticas de su tiempo, escuchó y no escuchó el programa de Pinedo. Las FF. AA. mantuvieron como hipótesis de guerra –incluso durante la década del 70– el enfrentamiento con Brasil, y consigguientemente, ese acuerdo terminaría siendo inviable. Por tanto, el gobierno militar del 43 conservó –mientras resultó materialmente posible– una neutralidad que en los hechos terminaba siendo probritánica, provocando la furia del Departamento de Estado. Tanto que el embajador norteamericano en 1945, Spruille Braden, terminó encabezando la cruzada electoral de la Unión Democrática contra el “nazifascismo” peronista. La victoria del coronel Perón en 1946 puso las cosas en su lugar, pero semejante rango de conflicto no ayudó a eliminar el ruido en la comunicación bilateral. Recién con la presidencia del general Eisenhower, en 1953, las cosas comenzaron a cambiar. El intento de firmar un acuerdo petrolero con la Standard Oil of California, de la familia Rockefeller, produjo el máximo acercamiento, pero el golpe del 55 cerró un debate que Arturo Frondizi resolvería a su manera: contratos petroleros firmados por decreto. El viraje hacia la primera potencia del mundo occidental había concluido, habida cuenta de que la dictadura militar ya había ingresado al Fondo Monetario Internacional y el Banco Mundial, cosas que el peronismo se había negado a hacer.

El otro giro. Y una vez más tocará al general Perón en su última presidencia redefinir las relaciones con los Estados Unidos. El acuerdo económico del 74 con el gobierno de Fidel Castro rompía, ni más ni menos, el bloqueo histórico a la isla. Rechinando los dientes el Departamento de Estado se avino a que las automotrices norteamericanas radicadas en la argentina exportaran a Cuba. La muerte del general y el abandono de su proyecto vuelve a cambiar las cosas. Y la dictadura burguesa terrorista del 76 tiene un comportamiento oscilante. En lo económico el programa de José Alfredo Martínez de Hoz goza del máximo respaldo, pero con el arribo de Jimmy Carter a la presidencia, la política de derechos humanos, encabezada por Patricia Derian, empuja a los militares argentinos a las filas de la oposición republicana: festejan la victoria de Ronald Reagan como propia. Lo que no pudieron prever es que la guerra de Malvinas volvería a cambiar las cosas, y que un canciller de la dictadura se terminaría abrazando con Castro mientras se enfrentaba a la Otan. Esa política errática –barquinazos de un extremo al otro de la cuerda diplomática– muestra la liviandad de esa dirección militar y la dificultad del vínculo bilateral.
Con el restablecimiento de los gobiernos de legalidad democrática, y la derrota definitiva de la URSS, las cosas se volvieron a ladear hasta las “relaciones carnales” del gobierno de Carlos Saúl Menem y su canciller Guido Di Tella. Pero el estallido de la convertibilidad borró a la Argentina del mapa internacional, transformándola en un andurrial del mundo, porque el estallido de 2001 fue acompañado con el default de su abultada deuda externa. De ese default todavía no se terminó de salir, y la negociación con el Club de París contiene el último capítulo aun inconcluso. En esas condiciones el gobierno norteamericano anuncia la gira presidencial, y aunque el presidente Obama visitará Brasil y cruzará el espacio aéreo argentino, no recalará en Buenos Aires.
La gritería opositora, sin mayor análisis, insiste en explicar el aislamiento internacional del gobierno de Cristina Fernández. Vale la pena entender el peso específico del país, mas allá del gobierno en cuestión; ni se trata de Brasil que forma parte del Bric (Brasil, Rusia, India y China) ni integra el Tratado del Libre Comercio con los Estados Unidos, como Chile; ni orienta la estrategia de toda la región ni se somete al dictat de Washington. Por tanto, la verdadera preocupación para la política sudamericana –marco en que debe inscribirse la política internacional de la Argentina– es lograr que el presidente de Unasur y el presidente Obama se sienten a la mesa bilateral como parte de una estrategia de autonomía política continental. Pero ese tema todavía no ingresó al pobre debate de la prensa argentina.

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